El Taylorismo
Introducción
Pocos autores tan denostados y venerados
en la teoría y en la práctica de la administración y de la ingeniería
industrial como Frederick Winslow Taylor. De hecho, se le reconoce como el
padre de esta última disciplina y a su propuesta teórico-práctica como “administración”.
Sin embargo, por extraño que parezca, da
la impresión de que pocos, tanto del lado de sus detractores como del de sus
fieles seguidores, han comprendido cabalmente y asumido en la práctica todas
las implicaciones de su propuesta. Muchos de los que se dicen tayloristas toman
de Taylor lo que mejor les acomoda, invocándolo únicamente para justificar sus
implementaciones sesgadas en los procesos productivos de las empresas. Así, en
la práctica empresarial, muchos administradores e ingenieros industriales, por
ejemplo, aplican únicamente su propuesta de organización y medición del
trabajo, pero tienen cuidado de no mencionar siquiera que también propuso que
al trabajador había que pagarle bien, ya que sólo así estaría interesado en
seguir al pie de la letra los métodos de trabajo que se le indicaran.
Por lo general, en las empresas en las
que se implantan sistemas de trabajo supuestamente con en la lógica taylorista,
en realidad lo hacen en forma mutilada, ya que no dicen ni hacen nada respecto
a retribuir adecuadamente al trabajador, tal como lo propuso el propio Taylor.
Por otro lado, habría que agregar que
las propuestas técnicas de organización del trabajo de F. Taylor tuvieron y
siguen teniendo implicaciones de tipo político e ideológico en la identidad de
los trabajadores debido al aislamiento que les provocaron como actores sociales
transformadores, dejando en las manos del patrón el control total del proceso
de trabajo.
En la exposición del presente trabajo
primeramente se hace un análisis de las principales propuestas tayloristas de
tipo técnico y organizativo del trabajo, las cuales fueron acompañadas de la
sugerencia explícita e ineludible de retribuir adecuadamente al trabajador, de
tal manera que se asegurara su involucramiento y motivación.
En segundo lugar, se revisan las
implicaciones ideológicas y políticas que tales propuestas técnicas tuvieron y
tienen sobre las relaciones de poder entre los principales actores
empresariales —patrones y trabajadores—, particularmente en lo relacionado con
el control del proceso de trabajo. Por último, se reflexiona sobre el
significado histórico de la propuesta de Taylor en la evolución de las formas
de organizar los procesos de trabajo y se contrasta con el llamado “toyotismo”
que tuvo su origen en el Japón de los años setenta
y ochenta del siglo xx y se ubica los
alcances de su pertinencia en las condiciones actuales de intensa competencia
en los mercados globalizados en los que se encuentran las empresas hoy en día.
El taylorismo:
revolución técnica
La gran motivación de Taylor para
desarrollar su revolucionaria propuesta para organizar el trabajo en las
empresas de principio del siglo xx, fue su preocupación por el gran desperdicio
de recursos que ocurría (y ocurre) en la sociedad estadunidense,
particularmente el del esfuerzo humano en los centros de trabajo. Nos es dable
—aseguraba Taylor— ver nuestros bosques devastados, nuestras fuerzas
hidráulicas malgastadas, nuestras tierras arrasadas por el mar en las
inundaciones; el agotamiento de nuestros yacimientos de carbón y de hierro se
haya próximo. Pero nuestro gran derroche de esfuerzo humano, que ocurre
diariamente por incompetencia, mala dirección o incapacidad, al cual Roosevelt considera
como una pérdida de “rendimiento nacional”, es menos visible, menos tangible y
sólo vagamente apreciable. Podemos ver y comprobar fácilmente el derroche de
las cosas materiales. Pero movimientos torpes, ineficientes o mal dirigidos de
los hombres no dejan nada visible o tangible detrás de ellos (Taylor, 1994:129).
Pero, ¿cuál era el ambiente laboral ineficiente que prevalecía a principios del
siglo pasado, y que dio lugar a las inquietudes y preocupaciones de Taylor? El
propietario-gerente —nos dice P. Hicks—, junto con el personal de ventas y oficinas,
solían tener poco contacto directo con la actividad de producción. En la
mayoría de los casos, se le daba responsabilidad plena a un superintendente
para manufacturar los productos que pedía el personal de ventas. Todas las
funciones de planeación y de organización eran ejecutadas informalmente por el
superintendente, quien tenía que tratar con mecánicos destajistas para intentar
que se hiciera el trabajo. No había funciones reconocidas de organización, y
los métodos de trabajo los determinaba cada mecánico sobre la base de
experiencia personal, preferencia y tipo de herramientas disponibles. (Hicks,
2000:6). En pocas palabras, la producción en las empresas de la época se
realizaba con base en inercias sustentadas en la experiencia de los trabajadores
y directivos, lo que sin duda provocaba infinidad de desperdicios de material y
tiempos muertos. Para lograr un mayor rendimiento, es decir, para disminuir los
desperdicios en los procesos de trabajo, Taylor ubicó la solución no en buscar
al trabajador ideal, sino en diseñar e implantar sistemas de trabajo ideales;
en sus propias palabras: “el remedio para esta ineficiencia reside en la
administración sistemática y no en la búsqueda de hombres excepcionales o
extraordinarios” (Taylor, 1994:130). Taylor propuso que esa “administración
sistemática”,
era “una verdadera ciencia, que descansa
sobre la base de leyes, reglas y principios claramente definidos […] aplicables
a todas las clases de actividades humanas, desde nuestros actos individuales más
simples hasta el trabajo de nuestras grandes corporaciones, que exigen la más
esmerada cooperación” (Taylor, 1994:130). Desde el punto de vista técnico, la
administración científica tayloriana del trabajo consistió en ubicar las
ventajas y los beneficios que conllevaba la descomposición de los procesos de
trabajo en actividades simples que pudieran mejorarse, medirse y realizarse,
sin necesidad de realizar costosas y tardadas sesiones de capacitación a los
trabajadores. En términos técnicos organizativos de los procesos de trabajo, el
taylorismo se fundamenta en
cuatro principios fundamentales que
deberían seguir los directivos (Taylor, 1994:149):
Primero: desarrolla, para cada elemento
del trabajo del obrero, una ciencia que remplaza los antiguos métodos empíricos.
Segundo: selecciona científicamente y luego instruye, enseña y forma al obrero.
Tercero: coopera cordialmente con los obreros para que todo el trabajo sea
hecho de acuerdo con los principios científicos que se apliquen. Cuarto:
distribuye equitativamente el trabajo y la responsabilidad entre la
administración y los obreros. Dicha propuesta simplificadora de los procesos de
trabajo sin duda significó una revolución en el mundo laboral y provocó una
verdadera explosión productiva. Ahora sabemos que unos años más tarde, las
ideas de Taylor fueron recogidas por Henry Ford, que las utilizó como base para
su modelo de producción en serie […] había nacido el precursor de la cadena de
montaje moderna, y Taylor era el auténtico innovador. Peter Druker calificó las
ideas de Taylor como “la contribución más duradera que América ha realizado al
pensamiento occidental desde los Federalist Papers”. La influencia de Taylor,
según este autor, fue mayor incluso que la de Henry Ford. La cadena de montaje fue,
simplemente, una extensión lógica de la gestión científica (Mol y Birkinshaw,
2008:41). Ahora bien, un aspecto fundamental del taylorismo y que ha sido
prácticamente olvidado —lo cual es entendible desde la perspectiva de los
intereses de los patrones—, es el relacionado con la retribución económica que
deben recibir los trabajadores por realizar bien su trabajo, es decir, por
ejecutar repetidamente los mismos movimientos simples en que se descomponía su tarea.
Tan importante era para Taylor este aspecto retributivo para que su propuesta
organizativa del trabajo funcionara que, en obra cumbre, Principio de la
administración científica, la inicia con el siguiente párrafo: “El
principal propósito de la administración debiera consistir en asegurar el
máximo de prosperidad al empleador, unido al máximo de prosperidad para cada
empleado” (Taylor, 1994:133). Ante la propuesta política de que los intereses de
los trabajadores y los empresarios son antagónicas, Taylor afirmaba que, por el
contrario, la administración científica se fundamenta en la firme convicción de
que los verdaderos intereses de ambos son idénticos, que la prosperidad del patrón
no puede existir durante largo periodo de años a menos que vaya acompañada de la
prosperidad para el empleado, y viceversa; y que es posible dar el obrero lo
que más desea —altos salarios— y al patrón lo que más busca: mano de obra
barata (Taylor, 1994:134).
Como solución para lograr este máximo
beneficio mutuo entre trabajadores y patrones, propuso lograr entre ambos la máxima
productibilidad en las empresas, “es decir, cuando cada hombre y cada máquina
están rindiendo la mayor producción posible” (Taylor, 1994:134). Para lograr estos
“máximos de productibilidad”, Taylor propuso reforzar la capacitación en los
centros de trabajo, dado que, “el propósito más importante de los obreros, como
asimismo de los jefes de administración, debe ser la capacitación y el desarrollo
de las facultades de cada individuo, de manera tal que pueda efectuar, al ritmo
más rápido y con el máximo de eficiencia, el trabajo
que mejor convenga a sus aptitudes
naturales” (Taylor, 1994:134-135). Taylor partía de la idea de que en las
fábricas existen muchas formas de hacer las cosas, es decir, de ejecutar una
tarea, pero siempre hay una mejor forma de hacerlo; y de que las formas
tradicionales partían del supuesto equivocado de dejar al criterio del
trabajador esa mejor forma, sin apoyarlo y sin asesorarlo. Por el contrario, él
proponía que “el trabajo debe ser efectuado de acuerdo con leyes científicas”
y, por lo tanto,” es necesario que haya una división mucho más equitativa de la
responsabilidad entre la dirección y los obreros
Esta cooperación personal estrecha
e íntima entre la dirección y los obreros constituye la esencia de la moderna
administración científica” (Taylor, 1994:143). Taylor suponía que un sistema
que generara mayor productividad de los trabajadores, traería como resultado
“el empleo de un mayor número de ellos, en lugar de provocar el despido,
destruyendo el sofisma de que una mayor producción por obrero sería causa de
desocupación” (Taylor, 1994:144). Sabemos que esto no es así o, en todo caso, dependerá
de las condiciones en que se encuentre la economía del país, ya que en
condiciones de crisis la demanda disminuye y producir más no tiene sentido; por
el contrario, los empresarios lo que intentarán es disminuir su producción y,
con ello, recurrirán al despido de una parte de sus trabajadores. Cabe señalar
aquí que el modelo taylorista de organización del trabajo tuvo y tiene sentido
en épocas de abundancia y de prosperidad, cuando la lógica del funcionamiento
de las fábricas es la producción en masa debido a que los mercados exigen grandes
volúmenes de producción. En estas condiciones, en efecto, a mayor
productividad, mayores ventas; a mayores ventas, mayores ganancias para los
empresarios, y materialmente es posible conceder mejores salarios e ingresos a
los trabajadores; y a mayores ingresos de los trabajadores, mejores niveles de
vida y mayor consumo y ventas, cerrándose un círculo económico virtuoso. Pero
esto tiene un límite debido, precisamente, a la sobreproducción, ya que la
producción, en la lógica de acumulación capitalista, no se puede estar incrementando
infinitamente; llega un momento en que aparecen las crisis de demanda y de
sobreproducción, y con ello la necesidad de disminuir los ritmos de producción
y luego la necesidad de despedir trabajadores, por muy eficientes que sean y
por muy motivados que estén. Habrá que señalar aquí que Taylor no niega que
pudiera haber situaciones problemáticas aun aplicando sus métodos de trabajo,
pero considera que eso ocurre debido a que siempre existirán hombres perezosos
e inhábiles, codiciosos y brutales, por lo que se atreve a plantear la
siguiente profecía: “Estoy convencido de que, tarde o temprano, estos principios
serán de uso general en todo el mundo civilizado, para felicidad de todos”
(Taylor, 1994:145). Profecía que, por desgracia, después de 100 años podemos
asegurar que no se cumplió.
El taylorismo:
implicaciones políticas
No hay duda; la propuesta técnica de
Taylor significó una revolución en la forma de organizar los
procesos de trabajo, lo que implicó incrementos de la productividad
similares a los que produjo la Revolución industrial del siglo xviii en
Europa, con la introducción de la máquina de vapor a las líneas de
producción. Pero la propuesta taylorista de fragmentar los procesos
de trabajo a su máxima expresión en términos de movimientos, tiempos y
espacios, colocó al trabajador como simple ejecutante,
enajenado, de tareas repetitivas y sin
sentido. El trabajador empezó, así, a perder el control de su proceso de trabajo;
dejó de ser el “propietario” de su proceso de trabajo y, con ello, de su
identidad como productor de la riqueza social. Por su parte, el directivo se
apropió del diseño y del control absoluto del proceso de trabajo y, con ello,
no sólo de las habilidades y del esfuerzo del trabajador, sino también de su voluntad
y de su conciencia. De Gaudemar lo plantea de la siguiente manera:
cuando Taylor deduce la necesidad de un
“estudio científico y sistemático del tiempo” —lo que va constituir uno de los
puntos centrales de su doctrina— hay que entender que los términos “científico”
y “sistemático” significan ante todo “sometido al control patronal”: sólo ese
control podrá determinar los tiempos mínimos, puesto que tales mínimos no
tienen sentido más que en relación al interés patronal (De Gaudemar, 1991:84).
Así, la propuesta de Taylor significó,
políticamente, el paso del control total del proceso de trabajo de las manos
del trabajador al cerebro de los directivos y al bolsillo del patrón; y con ello,
los trabajadores fueron despojados de su identidad como actores sociales
útiles, capaces de tomar en sus manos su propio destino. Este cambio representó,
históricamente, una involución sociopolítica en la identidad laboral y política
de los trabajadores, ya que con los sistemas de trabajo basados en la propuesta
de Taylor, el trabajador pasó de ser el ejecutor de varias de las operaciones
que componían la manufactura total del producto, a ser el ejecutante de una sola
operación en forma repetitiva durante toda su jornada de trabajo.
De esta forma, el trabajador fue expulsado
de la lógica integradora del proceso de trabajo; se le despojó de la
posibilidad de entenderse como parte integrante del proceso de trabajo como un todo
y, con ello, empezó a perder su identidad como productor de un satisfactor útil
socialmente. Es decir, empezó a perderle sentido a su trabajo como actividad
útil socialmente; se le individualizó y se le aisló. B. Coriat es contundente:
“Doblegar al obrero de oficio, ‘liberar’ al proceso de trabajo del poder que
éste ejerce sobre él para instalar en su lugar la ley y la norma patronales,
tal será la contribución histórica del
taylorismo” (Coriat, 1989:24). En esta perspectiva histórica, el taylorismo significó
una derrota política e ideológica para los trabajadores. Ya no sólo vendía su
fuerza de trabajo, sino que era despojado de su identidad como actor transformador
de la realidad social y con posibilidad de elegir su propio destino. Se convertiría
en “apéndice de la cadena tecnológica” al servicio de los intereses del patrón.
El taylorismo y el
toyotismo
Más de medio siglo después de que Taylor diera a conocer su revolucionaria propuesta para organizar el trabajo, aparece en la escena económica mundial Japón, usando como punta de lanza la calidad. En los años setenta del siglo pasado, aparece la avalancha de productos japoneses con estándares de calidad nunca vistos que ponen en severos problemas a las empresas de todo el mundo, en particular a las de Estados Unidos. En menos de veinte años, la economía japonesa ya era la segunda en el mundo por su nivel exportador de manufacturas. Se habla de las empresas flexibles japonesas, cuyo símbolo es la empresa Toyota, armadora de autos, en contraste con las empresas rígidas de los Estados Unidos.1 El taylorismo parte de la siguiente lógica: puesto que la ganancia se realiza en el mercado, al mercado hay que darle exactamente lo que pide en cantidad y calidad, y eso sólo lo puede hacer una fábrica ágil, ligera y flexible; a diferencia de la lógica de la empresa rígida taylorista, que consiste en arrojar al mercado grandes cantidades de mercancías con bajos costos de producción. Giovanni Alves define el toyotismo como “un sistema de organización de la producción basado en una respuesta inmediata a las variaciones de la demanda y que exige, por tanto, una organización flexible del trabajo (inclusive de los trabajadores) e integrada” (Alves, 2000:29). Se desarrollan, entonces, propuestas que giran alrededor de mejorar sistemáticamente la calidad de las mercancías y se responsabiliza a los trabajadores de su logro. Como se aprecia en la figura 1, la empresa flexible toyotista se distingue por enfocar totalmente su funcionamiento a las exigencias de calidad de los clientes, y para lograrlo delega la responsabilidad en todos los trabajadores, a diferencia de la propuesta de Taylor, que limitaba la responsabilidad del trabajador a realizar única mente unas cuantas tareas repetitivas, tal como se le había capacitado, durante toda su jornada laboral. Así, a diferencia de las propuestas tayloristas que se basaban en implantar sistemas de trabajo que evitaran la intervención creativa del trabajador, ya que las tareas estaban perfectamente diseñadas y el buen trabajador era aquel que seguía al pie de la letra las instrucciones que se le daban, las empresas toyotistas se basan en no sólo permitir, sino en estimular su intervención creativa en los procesos de trabajo con el fin de que diseñe e implante mejoras. Además, se promueve el trabajo en equipo y la capacitación multitareas, en contraste con la visión taylorista de individualizar a cada trabajador y darle una capacitación profundamente especializada en una sola tarea.
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